Revista Enfermería Neonatal N° 34 - Diciembre 2020

COMENTARIO EDITORIAL: Algunas consideraciones éticas y de la relación con los pacientes y las familias en la pandemia por COVID-19

Some ethical considerations and relationships with patients and families in the COVID-19 pandemic
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Dr. Luis Prudent*

La pandemia producida por el virus COVID-19, que  se inició hacia fines del 2019 en China, nos ha puesto  frente a dilemas éticos y conflictos de diverso tipo que  no se nos habían planteado nunca antes en nuestro  ejercicio profesional. 

Haciendo un repaso de estos intensos meses recordaremos que en los comienzos de la epidemia en  Europa uno de los problemas más acuciantes fue el  de la disponibilidad de recursos tanto humanos como  tecnológicos como consecuencia de la saturación  del sistema hospitalario. Esto obligó, en muchos  casos, a tener que decidir qué pacientes recibirían  cuidados intensivos separándolos de aquellos que  por la gravedad de la infección, avanzada edad,  comorbilidades u otros factores serían acompañados  a morir. 

Como una de las maneras de aliviar a los profesionales  que actúan “en el frente” en la toma de decisiones  tan complejas, múltiples sociedades científicas del  mundo produjeron guías-recomendaciones ad hoc.  La discusión de estos documentos en los comités  de ética y su difusión entre los profesionales ha sido  amplia pero su real aplicación y utilidad en la práctica  se desconoce. 

Un hecho que debieron enfrentar las autoridades  sanitarias y los centros asistenciales fue contar con  la disponibilidad en tiempo y forma de adecuados  equipos de protección personal. para los miembros  del equipo de salud. Aunque con cierta demora y  marcadas diferencias regionales, este problema se  ha logrado solucionar. Estas medidas de protección obligan a los profesionales y especialmente al  personal de las terapias intensivas a transcurrir su  jornada laboral “encerrados” en estos indispensables  pero incómodos equipos que, además, interfieren en  la relación con los pacientes y sus familiares, en la que  lo gestual es un aspecto esencial en la comunicación. 

La limitación o prohibición de visitas a los pacientes  añadió un componente dramático al que de por sí  se vive en ese ambiente de trabajo marcado por la  urgencia y la ausencia de certezas acerca de una  enfermedad que se fue aprendiendo a conocer sobre  la marcha. En este contexto, la contención de los  pacientes y sus familias se ha tornado un problema  extremadamente complejo con la consecuente  repercusión emocional en los profesionales. 

Un tema que produjo perplejidad seguida de  indignación ha sido que, a pesar del declamado reconocimiento a los miembros de los equipos de salud y a  las manifestaciones públicas de apoyo a su sacrificada  labor, muchos de sus miembros sufrieron actos de  hostilidad por parte de vecinos, temerosos de ser  contagiados por ellos. Surge con este ejemplo lo que  Albert Camus tan bien describe en su libro La Peste  y es que en estas situaciones límite emerge lo mejor  pero también lo peor de los seres humanos. 

Hemos tenido, asimismo, un sinnúmero de dilemas  y controversias relacionados con la investigación  en clima de pandemia ya que las mismas deben ser  realizadas en un contexto que dista de ser el ideal.  La necesidad de encontrar tratamientos “salvadores”  llevó a la realización de trabajos, en su mayoría carentes del diseño correcto y, por lo tanto, incapaces  de dar respuestas confiables. 

Baste como ejemplo el del uso de drogas tales como  la hidroxicloroquina, supuestamente benéfica, que  mostró no solo su falta de efectividad sino efectos  secundarios serios cuando fue sometida a estudios  controlados, aleatorizados, doble ciego. Este tipo  de estudios, indispensables para probar la eficacia y  seguridad de las intervenciones, fue en muchos casos  soslayado en el afán por encontrar soluciones urgentes.  Este preocupante escenario llevó progresivamente  a los comités de ética en investigación a ser cada  vez más estrictos en la aprobación de protocolos y  a las revistas científicas en los criterios de selección  de trabajos con el fin de evitar que el dramatismo  de la pandemia influyera en las decisiones sobre su  publicación. 

Los aspectos científicos y éticos relacionado con la  investigación en vacunas para COVID-19 merecerían  una discusión especial.  

Intentaré sintetizarlo señalando que todo el proceso  de investigación básica, experimentación temprana  en voluntarios sanos, ante la ausencia de un modelo  en animales, y los ensayos clínicos de vacunas para  COVID-19 se ha acortado a límites impensables antes  de la pandemia y que, por lo tanto, tendremos que  aceptar que los márgenes de seguridad no podrán ser  los mismos que tuvieron las vacunas más tradicionales.  

En cuanto a su eficacia, si bien se tendrá información  sobre algunos aspectos de la protección que ofrecen,  no se conocerá la duración de la misma hasta tanto  no se hayan estudiado los niveles de anticuerpos y  otros indicadores de inmunidad en los sujetos de los  estudios en plazos no inferiores a uno o más años. Es  alentador saber, sin embargo, que el virus ha tenido  mínimas mutaciones desde su irrupción en China y  que, por lo tanto, las vacunas en estudio deberían, en  teoría, ser eficaces. 

Un interrogante que se plantea es acerca de qué  criterios se aplicarán para la distribución de las  vacunas una vez que las mismas estén disponibles ya  que es inimaginable que en un plazo breve existan  suficientes dosis para ser aplicadas a toda la población  del mundo.  

Algunas de las preguntas que surgen son: ¿se establecerán prioridades?, ¿quién o quiénes lo decidirán?,  ¿qué criterios serán aplicados?, ¿qué peso tendrán  las “fuerzas del mercado” y las decisiones políticas?  Con casi 200 proyectos y más de 40 ensayos clínicos  en marcha, podemos inferir que la competencia y los  intereses económicos y políticos en juego serán muy elevados. Qué papel jugarán en este escenario los  diferentes gobiernos, la Organización Mundial de la  Salud (OMS-WHO), UNICEF y otras organizaciones no  gubernamentales del mundo es una pregunta clave  que tampoco tiene respuesta. Estos interrogantes  plantean numerosas cuestiones éticas que están  siendo discutidas paralelamente a los avances científicos y tecnológicos.  

Sobre lo que no se han producido controversias es  acerca de que los miembros de los equipos de salud  deberían ser la población prioritaria para recibir la  vacuna. Las discusiones sobre este tipo de decisión se  centran sobre si el principio que lo justifica es de tipo  retributivo, por los abnegados y riesgosos servicios que  los mismos prestan, o porque la población los necesita  para mantener el sistema de salud con un alto grado  de eficiencia (criterio pragmático). En ambos casos la  prioridad está ampliamente justificada.  

Con respecto a otros criterios, se menciona su aplicación a la población de más de 70 años y a otros  grupos vulnerables, pero esto estará sujeto a aspectos  que aún no podemos anticipar y que, seguramente,  tendrán una amplia variabilidad regional. ¿Cuándo  recibirán vacunas los países de bajos ingresos y cómo  se logrará hacerla accesible a áreas rurales o remotas?  son otros de los interrogantes. 

Hay un aspecto de la ética, que algunos autores han  denominado “ética de la incertidumbre”, y que pocas  veces puede ser mejor aplicada a lo que estamos  viviendo. Un reciente artículo refleja el problema  con el sugestivo título: COVID-19: Navigating the  Unchartered (Navegando sin cartas de navegación). 

Afortunadamente contamos con algunas certezas.  La más importante es que el compromiso de toda  la comunidad con las medidas preventivas para  evitar la difusión del virus es el elemento esencial.  El distanciamiento social posible, el uso correcto de  máscaras-barbijos de buena calidad (con algunas  resistencias infundadas) y el lavado frecuente de  manos son acciones de prevención probadamente  eficaces. 

Un aspecto vinculado a la ética comunitaria es  que estas medidas preventivas no tienen la misma  posibilidad de cumplimiento en todos los estratos de  la sociedad ya que el nivel educativo, las condiciones de vivienda, el número de personas que cohabitan,  la disponibilidad de agua potable y otros servicios  básicos las comprometen seriamente.  

La pérdida de trabajo productivo y la crisis económica  durante este periodo contribuyen a agravar situaciones  preexistentes.

En este contexto tan complejo deberemos transitar  los próximos meses. La primavera y el cercano verano  presentan un gran desafío en cuanto al cumplimiento  de las medidas dirigidas a evitar una diseminación aun  mayor del virus.  

La experiencia en Europa demuestra que el relajamiento de estas medidas durante el verano está  produciendo una segunda ola de contagios con  la consiguiente saturación del sistema de salud, especialmente en Italia y España, países con estilos y  conductas parecidas a las nuestras. 

Es crucial en esos momentos hacer los máximos  esfuerzos con la esperanza fundada de que dispondremos, en un futuro no demasiado lejano, de vacunas  eficaces que harán posible controlar la pandemia lo  que nos permitirá volver, de manera progresiva, a una  vida menos azarosa. 

*Pediatra. Neonatólogo. Director del Consejo de Administración de FUNDASAMIN
Correspondencia: lprudent@fundasamin.org.ar

Recibido: 19 de octubre de 2020.
Aceptado: 30 de octubre de 2020.

 

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